6/13/2011

Entrevista al escritor mozambiqueño Mia Couto

“Comenzamos a ser escritores mucho antes de saber escribir”

POR BRUNO BIMBI

Creador de historias que habitan mundos increíbles donde la cruda realidad de su país convive con la magia y lo sobrenatural, inventor de palabras que articula en una gramática original —que, lejos de ser incomprensible, transforma prosa en poesía—, Mia Couto es uno de los máximos exponentes de la literatura africana contemporánea. Nacido en 1955 en Mozambique, hijo de inmigrantes portugueses, dejó sus estudios para sumarse, aún adolescente, a la lucha por la independencia de su país, militando en la clandestinidad en el Frelimo.
Biólogo diplomado, periodista y escritor, Couto trabaja en estudios de impacto ambiental, pero es mundialmente conocido por su obra literaria. Publicó más de veinte libros, traducidos a varios idiomas, y recibió varios premios internacionales. Su novela “Tierra sonámbula” está considerada uno de los diez mejores libros africanos del siglo XX. En diálogo con este blog, el escritor se muestra orgulloso por el reconocimiento a aquella obra, pero recuerda con tristeza los sucesos que lo llevaron a escribirla: “Esa novela fue creada en una situación de guerra que yo nunca más quiero ver repetida en mi vida. Funcionó como una catarsis y aún me duele cuando, raramente, regreso a aquel texto”, asegura.
—Esa guerra está presente en sus novelas y cuentos. ¿Qué recuerdos tiene de ella?
—Crecí en un ambiente en el que la apelación a la lucha nacionalista era muy fuerte, una especie de línea divisoria del mundo. Yo era hijo de portugueses, pero nací en Mozambique y viví toda mi vida en ese país que, hasta 1975, fue una colonia de Portugal. Fui educado como parte de esa nación que se quería liberar y, así, a los 16 años ya había tomado partido y formaba parte del Frente de Liberación de Mozambique, en la clandestinidad. El Frelimo me pidió interrumpir mis estudios de medicina e “infiltrarme” en un diario que, antes de la independencia, era controlado por los intereses fascistas de Portugal. Fue un momento épico, ese de la lucha clandestina. Después de la independencia y hasta 1985 fui periodista y aprendí a mirar el mundo en una perspectiva de cambio. Mi vida se mezcló profundamente con la historia de ese período de mi país.
—¿Participó en la lucha armada?
—No, nunca estuve en el frente militar. Había, a esa altura, una cierta reserva en enviar a los militantes de raza blanca al frente de combate. La idea era que no se quería dar al enemigo la prueba que buscaba: que la guerra era conducida por rusos comunistas.
—Usted ya dijo una vez que Mozambique eligió el olvido para lidiar con la guerra. ¿Cómo es eso?
Cuando escribí “El otro pie de la sirena”, yo estaba tomado por ese misterio, que era la forma como los mozambiqueños olvidaron la guerra civil que terminó en 1992 y que, en 16 años, causó un millón de muertos. Yo creía que, inclusive después de la paz, esa herida iba a permanecer abierta. No fue así. Como una esponja mágica, los mozambiqueños decidieron olvidar. Habíamos sido asaltados por una amnesia colectiva: lanzamos al olvido la lucha de liberación nacional y, más que eso, olvidamos la esclavitud. Esa desmemoria es larga y comprueba que somos peritos en el arte del olvido. Pero la duda que me inquietaba era: ¿de dónde nace tanta competencia en el olvido? ¿Por qué ese sistemático borrar los vestigios del tiempo? La respuesta más simple está en la ausencia de la escritura. Esta es, ciertamente, la gran justificación. Pero no puede explicar todo; precisamos otra hipótesis. Creo que esa hipótesis alternativa podemos resumirla de la siguiente manera: olvidamos nuestras guerras porque, en todos esos conflictos, no estuvimos todos del mismo lado. Los olvidamos porque en todos  ellos nos distribuimos entre vencidos y vencedores. La misma dificultad nos hizo olvidar el drama de la esclavitud, porque fuimos, al mismo tiempo, esclavos y esclavistas. En suma, somos hoy una misma nación no apenas porque comulgamos una misma memoria, sino también porque olvidamos las mismas cosas de la misma manera.
—El resto del mundo conoce poco sobre lo que sucede en África. ¿Qué puede decirnos de la actualidad política y social de Mozambique?
—Mozambique es un país pobre, todavía lejos de revertir la herencia colonial de la miseria. En los primeros quince años después de la independencia, intentó una vía socialista. Ese recorrido hizo nacer enemigos mortales y fuimos, durante todo ese tiempo, una “oveja negra” de la llamada comunidad internacional. Nuestros vecinos, a esa altura, no eran los mejores: la Rhodesia de Ian Smith y la Sudáfrica del “apartheid”.
—¿Fue el socialismo que fracasó o fueron los líderes políticos de entonces que fracasaron?
El socialismo no podía triunfar. No triunfó en ningún país del mundo. Los viejos revolucionarios insisten en la explicación del complot internacional que sofocó esas experiencias. Es verdad que hubo una asfixia provocada. Pero también es verdad que en ninguno de los casos vividos, la utopía proclamada fue llevada a la práctica. Lo que vi en los países “socialistas” que visité fue una caricatura de lo que había soñado como modelo de una nueva justicia. Las llamadas “tiendas especiales” que vi en Moscú, exclusivas para militantes y dirigentes, eran un balde de agua fría. Ese modelo fue después reproducido en Maputo. Como prueba de rechazo radical, entregué mi carnet de afiliado al Partido.
—¿Y qué cambió con la democracia liberal?
—Cambiaron cosas fundamentales, pero se conservan otras igualmente vitales. Cambió, por ejemplo, el clima de libertad de pensamiento e información. Hoy, existen en Mozambique diarios alternativos que elaboran una crítica radical al sistema y al régimen. Existen partidos políticos que compiten en las elecciones por diversos escalones del poder. Pero la naturaleza del poder se conserva muy parecida a lo que era, guiados por la idea de impunidad y eternidad. Somos aún una sociedad multipartidaria de partido único. Los revolucionarios de ayer, en todo el mundo, sienten una dificultad para ser los demócratas de hoy. Debo confesar que la Frelimo me sorprende con su capacidad de renovación y ajuste a los nuevos tiempos.
—Usted dijo una vez que ya no sabe qué es ser de izquierda. ¿Cómo se define ideológicamente hoy?
—Soy un militante de la misma causa de cambiar un mundo que no fue hecho a la medida de la felicidad. No traigo conmigo, como ayer, un modelo, una propuesta clara. Pero creo que puedo hacer pequeñas cosas que apuntan en una dirección alternativa. Lo más importante, sin embargo, es mantener vida la capacidad de pensar críticamente y no dejar sucumbir al abrazo de la dulce acomodación.
—¿Europa aún está en deuda con África?
—Sí. Es una verdad histórica que no puede ser escamoteada. Mucha de la riqueza europea nació del saqueo del Tercer Mundo, que sigue aún hoy en el cuadro de lo que siempre fue una realidad: la complicidad de las elites de África, Asia y América Latina. Es un trágico festín a dos manos. Es por eso que no creo posible ni legítimo exigir recompensas, sino que lo que es urgente es no prolongar más ese cuadro de relación desigual. Los pueblos de África pueden decir: no nos den más, basta que no nos saquen más.
—Las estadísticas sobre el sida en el continente son gravísimas, pero el papa Benedicto XVI, antes de su última visita a África, volvió a declarar su oposición a la distribución de preservativos. ¿Qué opina de eso como africano?
Francamente, me parece un crimen. La iglesia no debería inmiscuirse en esos asuntos. La solución de la “abstinencia” para los jóvenes no funciona. Cada vez más, la iglesia católica debería repensar su propia autoridad moral antes de hablar de sexualidad. Los numerosos escándalos en todo el mundo no resultan de accidentes sino del disfraz de abstinencia que fue escogido para los misionarios.
—En Mozambique, el idioma oficial es el portugués, pero la mayoría de la población habla otras lenguas. ¿Qué consecuencias tiene esa diversidad lingüística en la producción, difusión y acceso a la cultura?
—Existen hoy programas de educación básica asentados en otras lenguas de raíz africana. Pero la visibilidad y el éxito de esos programas son dudosos. Hace falta una enorme inversión en profesores, manuales, gramáticas y diccionarios. El país no tiene esos medios. Por otro lado, la mayor parte de las personas reclama ante esos programas alternativos: quieren que sus hijos aprendan en portugués. Ven el idioma portugués como una puerta para alcanzar la modernidad y la globalidad.
—¿Sus libros fueron traducidos para alguna de las otras lenguas habladas en el país?
—Algunos cuentos, pero no llegaron a ser editados en un libro.
—¿Hay una literatura en lenguas bantu?
—Debo decir que durante estos 33 años, apenas se probó editar en Mozambique dos libros en lenguas bantu. Y las dos experiencias no tuvieron mucho éxito. Casi la totalidad de los escritores mozambicanos (casi todos negros) escriben directamente en portugués. En la capital, donde se concentran la mayor parte de ellos, la mitad de los habitantes tiene al portugués como lengua materna. El portugués, en su variante mozambicana, debe ser visto como una lengua nacional. Lo que es difícil es organizar una convivencia no hegemónica de la lengua portuguesa con las otras lenguas.
—¿Cómo fueron sus primeros pasos en la literatura?
—Comenzamos a ser escritores mucho antes de saber escribir. En mi caso, fue el ambiente familiar. Nací de una familia pequeña, muy nuclear. Se dice que nuestra familia es siempre pequeña; pues la mía no llegaba siquiera a tener tamaño. Mis padres habían emigrado de Portugal para Mozambique, apenas los dos, sin ninguna otra compañía. De chico no conocí abuelos, tíos, primos, toda esa constelación que nos ayuda a construir lazos (debería decir, vínculos) con el mundo y con los otros. Los otros, en mi caso, eran los mismos: mi papá, mi mamá y mis dos hermanos. Para compensar esa amenaza de soledad, mis padres se desdoblaban en infinitos falsos parientes. Allí había una primera escenificación teatral: mi familia imitaba ser otra familia. Nuestro retrato apenas existía en la ficción. Se dice que cuanto más pequeña es la familia, mayor es la infancia. No creo que sea verdad. Lo que sé es que el lugar donde nací (la ciudad de Beira, en el litoral de Mozambique) era una ciudad casi tan pequeña como mi familia. Mi tierra natal era un lugar diminuto, donde el mundo llegaba de segunda mano. Beira existía en un doble juego de simulación: fingía que era una ciudad grande y hacía de cuenta que era, en el corazón de África, un pedazo de Europa. Lo que es verdad es que Beira nunca aprendió a ser suelo. La población fue erguida sobre un pantano costero y quedaba abajo del nivel del mar. Todos los días el mar entraba por las calles de mi barrio y el patio de casa se convertía en una playa. Mi tierra natal era más un agua natal. Beira mentía como miente un libro. Y todo en ella tenía el sabor de cosa efímera que, al día siguiente, podía ser arrastrada por las aguas. Un lugar así sólo se salva en la ficción. Esas razones me condujeron a la escritura.
—Usted es biólogo. ¿Cómo combina la ciencia con las letras?
—Cuando le preguntaban a Antón Chéjov cómo combinaba la medicina y la literatura, él respondía: “No hay infidelidad, la amante y la esposa son la misma persona”. Yo repito las palabras del ruso.
—Usted es un referente cultural de África en el mundo, pero es blanco. ¿Ya sintió alguna vez algún tipo de prejuicio por eso?
—En mi propia tierra raramente siento tener una raza. Fuera de Mozambique, mi condición de blanco africano es, en general, bien recibida. Más que nunca, el mundo es una baraja de cartas que fue mezclada. ¿Cuántos europeos existen hoy que son negros, mulatos o indios?
—En sus novelas, usted inventa palabras y construcciones gramaticales propias. ¿Cómo surgió eso en su estilo?
—La invención de palabras no resulta de una decisión. Yo soy un poeta que cuenta una historia. Mi territorio es el de la poesía, y de ahí la necesidad absoluta de recrear un lenguaje propio, un lenguaje que reinvente el mundo, por lo menos mi mundo. Debo decir que en Mozambique se vive, desde el punto de vista lingüístico, un momento muy feliz, porque se está asistiendo al desembarco de un pueblo a un idioma que no era sino vagamente familiar. Esas culturas africanas están tomando por asalto esa otra lengua, haciendo de ella una cosa que es íntima y esencial. De ese encuentro, de ese noviazgo, resultan momentos de poesía y creatividad que son irresistibles para un escritor.
—¿Y cómo hacen sus traductores para arreglarse con esas palabras inventadas y los efectos de sentido que producen en portugués?
—Muchas veces, esos neologismos que recreo inspirado en esa dinámica de intercambios entre culturas e idiomas, no encuentran equivalencia en otros idiomas. Los traductores proceden, entonces a un juego de dislocamiento y substitución. Con base en la lógica de la creatividad del texto, ellos inventan después en otros términos donde es posible la transgresión lingüística.
—¿Podría contarles a nuestros lectores de qué trata su última novela, “Jerusalén”?
—Es una novela sobre el tiempo, sobre aquello que yo llamo enfermedad del tiempo. El pasado es una especie de laberinto sin acceso, el presente no nos pertenece y lo que vendrá no llega nunca. Esa des-pertenencia es simbolizada por la historia de un viejo hombre que parece haber enloquecido y que dice a su familia que el mundo acabó y que por eso los conduce a un descampado en el fin de todo. Los hijos crecen sin contacto con nadie más y creen ser el último vestigio de la humanidad. Pero, en cierto momento, el mundo llega a ese escondite (que él, viejo loco, llama “Jerusalén”) e invade esa lejanía. Nada, en este mundo, puede dejar de pertenecer al mundo.

6/03/2011

Tradução

Adolescências roubadas


A gente estava reunido numa praça. Éramos colegas do colégio e estávamos a criar uma agrupação estudantil. Era quase noite. O garoto loiro chamou tanto minha atenção que, de repente, eu esqueci o tema da discussão, sem entender nem me perguntar por quê. Eu apenas soube — assim, sem dúvidas — que nós seríamos amigos, porque “amigo” era o único que eu concebia que pudesse ser de outro garoto. Eu não entendia por que tinha um desejo tão forte de começar uma amizade com alguém que mal conhecia, mas o certo é que a gente virou muito amigo.

Quando a nossa amizade já era tão importante que nós não entendíamos como faríamos para viver sem ela, o garoto loiro me convenceu do que as minhas amigas não tinham conseguido: que eu mudasse o visual, que ficasse mais moderno, com roupa mais maneira, que cortasse o cabelo, que além de assistir a reuniões do centro estudantil, eu fosse a boates e festas, que fizesse coisas proibidas para menores de dezoito anos antes de fazê-los, que me divertisse mais. E eu vesti a roupa que ele me presenteava, cortei o cabelo que nem o dele, conheci as boates com ele e a gente se divertiu junto.

Ele ficava com todas as garotas. Eu o acompanhava, o esperava, o ouvia quando ele me contava: eu não me dava conta. Um dia, a gente estava deitado na varanda da sua casa e ele me disse que tinha tanto tesão — nós éramos adolescentes, os hormônios enlouquecidos — que transaria até comigo, e agora eu lembro que pensei o que naquele momento não reparei que eu tinha pensado. Foi um flash, um impulso, um calafrio, depois a censura e o esquecimento, tudo numa fração de segundo. Não respondi. Mudamos de assunto e o tempo passou e ele continuou trocando de namoradas e eu fui eleito secretário-geral da juventude do partido e um dia me dei conta que já tinha vinte e três anos e o sexo era chato. O sexo era chato.

Era como uma promessa descumprida — o sexo. Eu exercia meu mandato, mais por obrigação do que por vontade, imitando os outros, mas não recebia em troca os prazeres que o meu amigo me contava depois de suas incursões no corpo feminino. O pior era o beijo: não tinha sabor a nada. Era um trâmite necessário, burocracia, o ingresso que eu devia pagar para passar ao próximo nível, com um pouco de satisfação física seguida de uma incompreensível sensação de que alguma coisa não estava funcionando. Minha adolescência acabou e eu não consegui achar a combinação da fechadura que abrisse a porta ao paraíso que o meu amigo jurava que existia e que eu, é claro, fingia conhecer.

Anos depois, uma noite, por acaso — ou talvez não —, um outro amigo heterossexual me levou a conhecer uma boate gay. Eu fui porque ele insistiu que seria divertido, embora eu não curtisse a ideia de ir a um lugar para veados. Foi assim que eu falei: veados. Mas voltei logo, com desculpas tão ruins como as que, naquela noite da minha adolescência, naquela praça escura, tinham justificado meu interesse pelo loiro. E pouco depois, um amigo de outro amigo, na boate para veados, não acreditou que eu nada a ver, e tentou várias vezes me dar um beijo, até que a testosterona bateu de frente com uma bolha de champanhe num fluxo sanguíneo acelerado e eu não resisti mais. Por que não ia beijá-lo se eu também estava morrendo de vontade? O descobrimento foi instantâneo: o beijo era isso. Depois, é claro, o sexo, a fechadura se abriu — não era chato! Eis os prazeres dos que o meu amigo loiro falara. Eram tal qual.

Então, já não precisei me dar conta. A censura evaporou-se. Alguma coisa não tinha acontecido naqueles anos e, quando tudo ficou claro, eu senti que tinham roubado minha adolescência. Dentre todas as coisas da vida que nos proibiram aos gays, a adolescência é a mais injusta.

Eu quero que me devolvam. Quero viver cada experiência no momento justo. Quero ter meu primeiro namorado na mesma idade em que os meus amigos tiveram sua primeira namorada, e que os primeiros beijos sejam desajeitados, experimentais, cheios de surpresas, e descobrir o sexo com inocência e ficar bêbado quando ainda não tinha idade para beber, e ser repreendido na escola — não por uma causa justa, mas por uma divertida — e fazer tudo o que é proibido para menores de dezoito anos antes de fazer dezoito anos. Eu quero que o garoto loiro me diga de novo que tem tanto tesão que transaria comigo e transar com ele na sua casa, naquela tarde, em pleno verão, em plena adolescência, com os hormônios enlouquecidos.

As experiências perdidas são irrecuperáveis, pois nunca mais estaremos lá para sabermos como teriam sido. Quando falamos em educação sexual na escola, a que tanto assusta os dinossauros, a que eu não tive, nós estamos falando também das adolescências não realizadas, dos desejos censurados, das experiências não vividas. Pelo bem dos rapazes gays e lésbicas que ainda estão a tempo de não perder seu tempo, de sair do armário antes que seja tarde, de amadurecer sem fantasmas medievais os perseguindo, a gente precisa romper as barreiras que fazem da nossa sociedade um lugar menos amigável para alguns. 

O que nos ensinaram na escola estava incompleto, era falso. Mentiram-nos, porque nos contaram um mundo em que nós não existíamos. Nos roubaram o direito de viver as mesmas coisas que os nossos amigos viviam e nós as perdíamos porque só vinham em formato garoto+garota e ninguém nos tinha avisado que nós podíamos ser — e não tinha nada de errado se fôssemos — diferentes.