8/28/2011

Taller literario II - Una cosmogonía

Una cosmogonía


Sigo mudando el viejo blog de los textos literarios. En este caso, la consigna de la profesora Podetti era escribir una cosmogonía. Para ello, primero había que elegir uno de los cuatro elementos (yo elegí el fuego) y armar un arbolito de asociaciones de palabras, que luego debíamos usar en el texto.



Primero fue el fuego: las llamas, la luz, la energía, el calor, el rojo intenso. Había sido su primer capricho: hágase el fuego, dijo, y el fuego se hizo. Era un sol iluminando parte de lo oscuro, eterno e infinito que estaba lleno de nada. La luz incipiente alumbraba la nada, y al percibir que ésta era inmensa se asustó. Se sintió solo y lo atacó la ansiedad. Desesperado, tomó pedacitos de fuego y los transformó en materia; de la materia hizo mundos y pobló de ellos la nada. Pero los mundos eran silenciosos y el silencio lo abrumaba. Debía poblarlos. Entonces, eligió uno; dijo hágase la vida, y la vida se hizo: era distinta de su propia existencia, porque no quería compartir para siempre el universo con otro ser igual; así que la hizo finita. Y al crear la vida, entonces, creó la muerte. Y por ese día ya no supo qué más crear.

Al día siguiente del primer capricho, observó la vida que había creado y la halló quieta, solitaria, aburrida. Entonces volvió al fuego, y de sus llamas sacó la pasión y se la puso, sacó el calor y se lo puso, sacó la luz y se la puso, sacó la energía y se la puso, sacó el movimiento y se lo puso. Y quiso que la vida dejara de ser una sola, porque seguía siendo poca compañía en un universo tan grande; entonces la multiplicó y le enseñó a multiplicarse. Y creó el amor para que las nuevas criaturas se compartieran entre sí, y creó también el deseo para que se buscaran. Y con el deseo creó el sexo, que les serviría para entrar unos en otros. Y agarró un poco de fuego y le puso, y llamas y le puso, y energía y le puso, y calor y le puso. Inventó el placer y le puso también. Y así fue que el segundo día terminó y se sintió orgulloso de su obra.

Al tercer día, decidió que la vida era su creación más perfecta y quiso que fuera reconocida. Entonces tomó a algunas criaturas y les dio conciencia de sí, y para ello creó la razón. Y al tenerla entendieron quiénes eran y se lo agradecieron. Pero también supieron que no durarían para siempre, porque entendieron la muerte. Sin quererlo, junto con la muerte había creado el miedo. Entendió que el miedo las aturdía y les permitió olvidar. Les enseñó a crear fantasías para eludirlo, a soñar, a construir nuevos mundos al interior de sí. Y como era vanidoso, pobló sus fantasías de imágenes y panegíricos de sí mismo, e inventó tantos relatos de su creación que luego no recordaba cuál le había contado a cada uno. Y para tranquilizar a las criaturas, les prometió que después de la muerte vivirían de otro modo, y que estarían siempre a su lado.

Las fantasías les quitaron perturbación a las criaturas, y también les dieron la posibilidad de reinventarse. La vida se multiplicó. El deseo se desarrolló y creó mil y una formas de manifestarse. Las criaturas, con todas las herramientas que les había dado, comenzaron a crear herramientas nuevas. También crearon el arte y la palabra. Los símbolos y sus mundos crecieron por doquier. El producto de la creación aprendía a crear, y cada creación daba lugar a otra. El mundo que les había dado se poblaba de obras que no eran suyas, de inventos que no eran suyos, de nombres que no había imaginado, de cosas que desconocía y ni siquiera entendía, de acciones que no había previsto. Los relatos que les había contado sobre la creación comenzaban a deformarse. La geografía que había modelado con esmero comenzaba a parecerse cada vez menos a sus planes. El hogar que les había dado ya no les parecía suficiente, y creaban nuevos hogares en su superficie. La vida se refugiaba en sus propias invenciones más que en las de quien le había dado la existencia. Al finalizar el tercer día, sintió que su obra se le escapaba de las manos.

Cuando despertó en el cuarto día, del rojo habían nacido otros colores, la luz había hecho la mañana y la energía le había dado fuerzas a la vida para trabajar, moverse, multiplicarse, crear, desafiar los límites que no había siquiera terminado de imaginar el día anterior. El amor y el sexo se habían multiplicado también, y las vidas se habían asociado de múltiples formas. Los afectos que les había permitido tener habían creado solidaridades y compromisos que no eran para con él. El mundo que les había dado le parecía ajeno. Además de colores, habían creado olores, sabores, texturas y sonidos nuevos, casi hasta el infinito. No sólo eso: a cada uno de esos colores, olores, sabores, texturas y sonidos, los habían dotado de sentidos que nadie le había explicado. Las criaturas habían aprendido a comunicarse entre sí y habían creado tantas lenguas que no podía contarlas ni aprenderlas. Cuando terminó el cuarto día, estaba furioso.

Al quinto día creó la noche para asustarlos de nuevo. Decidió que esas criaturas se habían multiplicado en exceso, y creó las enfermedades y las guerras para eliminar a parte de ellas. Para que las guerras se multiplicaran también, creó el odio. Instituyó iglesias para que los relatos que les había contado se mantuvieran bajo su control. Para asegurar ese control creó el poder y, para administrarlo, nombró reyes y sacerdotes, y les hizo jurar fidelidad. Se arrepintió de haber creado el deseo, y lo llenó de tabúes y prohibiciones. Aborreció el sexo, y les encargó a las iglesias perseguirlo. Aborreció el arte y el pensamiento, y eligió a algunas criaturas para enseñarles a censurar a las otras. Al repartir odio se contagió de él, y entonces empezó a desparramar por el mundo huracanes y tormentas, terremotos y lluvias, nieve y granizo, más enfermedades y más guerras. Terminó el quinto día extasiado de venganza.

Al sexto día despertó con resaca y descubrió que era algo que no había creado. Se lo habrían contagiado las criaturas. Su sitio estaba lleno de botellas vacías, otro invento de los mortales. Observó el resultado de su furia del día anterior y se horrorizó. El mundo estaba lleno de llamas y cenizas; de muerte y epidemias; de guerras y violencia; de odio, mentiras, prejuicios, hipocresía e ignorancia. Todo eso había hecho el día anterior, y ahora las criaturas lo repetían en su nombre una y otra vez.

Admitió que se había equivocado. Sintió culpa. Buscó el origen de ese sentimiento nuevo, y lo halló en uno de los tantos relatos que difundían sus iglesias: servía para asustar a las criaturas y sostener a sus reyes y sacerdotes. Quiso quitarles el poder que les había dado a todos ellos, pero comprobó que ya no le respondían: habían descubierto que podían usarlo para sí mismos. Quiso hablar con las criaturas para explicar sus actos y pedirles perdón, pero no entendió sus lenguajes. Quiso reparar sus daños, pero causó daños peores. Abatido, ese día descansó.

Al séptimo día llegó a la conclusión de que ya se había equivocado mucho. Y no hizo más nada. Los mortales deberían arreglárselas solos de ahí en más.


Buenos Aires, mayo de 2006.

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