El creador de una de las novelas más importantes de los últimos años habla sobre el narcotráfico, las armas y la violencia social. Dice que con Lula muchas personas salieron de la pobreza. Una mirada descarnada y realista.
POR BRUNO BIMBI
Cuando Paulo Lins cursaba la carrera de Letras, donde apenas había otro estudiante negro, no le decía a nadie que vivía en la Ciudad de Dios, una gigantesca favela de cerca de cuarenta mil habitantes ubicada en Jacarepaguá, en la zona oeste de la ciudad de Río de Janeiro. Pero años después, en 1997, publicó una de las obras más importantes de la literatura brasileña contemporánea –y uno de los libros más vendidos en los últimos años–, donde retrata con maestría narrativa la vida cotidiana de aquella favela, denunciando la violencia ejercida por el tráfico de drogas y la policía y la ausencia absoluta del Estado. La novela dio lugar a una película del director Fernando Meirelles, con cuatro nominaciones al Oscar y numerosos premios internacionales. Ahora, Lins acaba de terminar el guión de una nueva película, Faroeste caboclo, basada en una de las canciones más famosas de la mítica banda Legião Urbana. En un bar del barrio Gávea, en la coqueta zona sur de Río, dialogó en exclusiva con Crítica de la Argentina.
–¿Cómo nació Ciudad de Dios?
–Comenzó con una investigación antropológica de una socióloga que hacía un trabajo sobre criminalidad en las clases populares. Ella necesitaba a alguien que pudiera hacer entrevistas en la Ciudad de Dios; yo vivía allí, así que me pidió que colaborara en la investigación de campo. Yo conocía a todos los delincuentes: todos de mi generación, vecinos míos, nacidos y criados juntos. Es difícil entrevistar a un delincuente viniendo de afuera. Para mí era más fácil. A partir de ese proyecto, que al principio no iba a ser un libro, pasé un tiempo escribiendo, y eso se transformó en la novela.
–Usted no nació en la Ciudad de Dios pero pasó parte de su vida allí, ¿qué recuerdos tiene?
–Fue una época muy buena. Antes yo vivía en Estácio, que era un lugar de pobres, de negros que habían venido de la Bahía, como mis padres. Era la zona donde vivía la mayoría de los negros que trabajaban como estibadores en el puerto. Mi papá, sin embargo, era pintor. Y era una periferia del centro. Cuando nos mudamos a la Ciudad de Dios, todavía era una zona rural. Yo nunca había visto una vaca, un caballo, nunca había tomado agua de río. Todavía, en Jacarepaguá, hay zonas rurales, pero creció la Barra da Tijuca y la zona cambió. Pero dicen que es el sertão carioca. Todo eso está reflejado en el libro y en la película.
–Después del libro, ¿volvió a la Ciudad de Dios?
–Sí, claro. Yo viví allá treinta años, y tengo ahijados, amigos, voy siempre allá. Al principio tenía que hablar todo el tiempo del libro, pero ahora ya se acostumbraron y no preguntan.
–En la película, aparece un personaje narrador que al final consigue salir de la favela. En el libro, no tiene un papel tan importante. ¿Podría decirse que el personaje de la película es usted?
–¡Yo soy Zé Pequeno! (risas). En realidad, hubo mucha gente que salió y contó cosas. Ese personaje no soy yo, sino que tanto él como todos los personajes son varias personas de la realidad que yo fui juntando en una sola. No pensé en mí cuando creaba ese personaje sino en otras personas.
–¿Qué cambió en la Ciudad de Dios desde la época en la que usted vivía allí?
–El tráfico de drogas siempre existió; no es nada nuevo, pero ahora se transformó en crimen organizado y empezó a dominar. La vida de las personas se vuelve más reprimida porque el tráfico reprime, domina; los traficantes tienen el poder en la favela.
–¿Existe un Estado paralelo?
–No es un Estado paralelo sino una parte del Estado que tiene que ver con la corrupción. Una parte del Estado que está ahí, junto a los traficantes.
–¿Cuál es la relación con el tráfico de drogas con la política?
–Hay concejales y diputados corrompidos. Hay tráfico de armas. No existe el crimen organizado sin corrupción. La policía recauda mucho dinero de los delincuentes, es una relación promiscua.
–¿Y qué son las “milicias”?
–Ahí está más comprometido el Estado. Son ex policías, hay concejales involucrados y la relación entre el Estado y la criminalidad es mucho mayor. Donde están las milicias, no hay tráfico de drogas; son enemigos. La milicia les cobra a los habitantes de las favelas por protección, transporte por combis, televisión por cable. El tráfico es más independiente: si no te metés con ellos, no se meten con vos. Las milicias te obligan a pagar.
–¿Cómo surgieron?
–En la década del 70, un grupo de pobladores que se rebeló en Rio das Pedras y mató a los delincuentes. Eso fue desarrollándose hasta lo que son hoy.
–¿Cree que el fenómeno del film ayudó a echar luz sobre lo que pasa allí o fue sólo cine?
–Creo que aumentó el debate y se corrió el velo, pero no cambiaron muchas cosas. Me parece que el gobierno de Lula mejoró la situación en el sentido de hacer políticas sociales más direccionadas y programas culturales, pero la cuestión es que hay un racismo muy importante. Brasil es un país racista. Hay una distancia social enorme, el Estado es débil, la política educativa no sirve, el sistema de salud es horrible, el saneamiento básico no funciona en las áreas pobres, y todo eso forma parte de la violencia.
–Dice que Brasil es un país racista. ¿Cómo funciona el racismo?
–Alcanza con mirar los empleos. Hay un estudio de la Universidad del Estado de Río de Janeiro sobre el índice de desarrollo humano en Brasil que demuestra que los negros están en una situación muy diferente a la de los blancos. Los negros están en la escuela pública, que es mala; viven en las favelas, que no tienen saneamiento básico, etc. Es difícil entrar en el mercado de trabajo si no tenés una buena formación.
–Ahora hay una gran polémica por la decisión judicial que suspendió el cupo para negros en las universidades. ¿Usted qué opina?
–¡Yo ceo que los negros en Brasil tienen que tener cupos en todo! Acá hubo 400 años de esclavitud y es un país extremamente racista. Los negros van a la escuela pública porque los padres no tienen dinero para mandarlos a una escuela privada. Y como la escuela pública es mala, nunca van a tener condiciones de llegar a la universidad. Hay que mejorar la escuela pública, claro, pero, ¿mientras tanto? Hacen falta cupos. A las personas que entraron por cupos les fue bien en la universidad. Y los cupos deberían venir acompañados por becas. Que trabajen en la universidad y tengan una beca.
–¿Usted cree que el diputado que presentó el recurso judicial contra los cupos lo hizo por racismo?
–No... Creo que es por ignorancia. Los cupos sirven para reparar las consecuencias del racismo.
–El año pasado, un escritor joven que vive en el Morro do Caracol y lidera un proyecto de bibliotecas populares para las favelas, me dijo que no veía una solución para Río de Janeiro. ¿Usted qué piensa?
–Solución hay: distribución del ingreso y políticas públicas, pero la clase política no está preocupada por los pobres. Yo tengo vergüenza de la clase política brasileña. Nunca hubo una política seria de enseñanza, de erradicación de la pobreza...
–¿Qué cambió durante los gobiernos de Lula?
–Con Lula varias familias salieron de la miseria, con el programa Bolsa Familia y las políticas sociales. Lula tuvo suerte, porque agarró el país cuando el mundo estaba creciendo; el país creció junto al mundo y mejoró el empleo. Pero lo más importante fue el plan Bolsa Familia, porque hay personas que no van a conseguir trabajo, ya que no podrán adecuarse a las nuevas tecnologías y no tuvieron una buena educación. No hay que ser muy inteligente para darse cuenta: Brasil es el mayor país de América del Sur, tiene una población gigantesca y una de las peores distribuciones de la riqueza de todo el mundo. Entonces es muy fácil entender la violencia.
–Los gobiernos de Lula y Sergio Cabral (gobernador de Río de Janeiro) empezaron a implementar un proyecto de intervención estatal en las favelas. ¿Qué opina?
–Es bueno que el Estado entre, pero el tema es: ¿adónde fueron los delincuentes? Una cosa que tiene que funcionar para detener la criminalidad es intervenir en las prisiones. El preso tiene que ser recuperado, cumplir su pena y volver al mercado de trabajo. Pero el sistema es horrible: los presos salen, vuelven a entrar, salen, entran, y el sistema prisional, tanto para menores como para mayores, no funciona para recuperar a los condenados. Hay que meter buenas escuelas, hacer prevención. Si no, cuando salen, vuelven a robar.
–En la Argentina, el tema de la seguridad aparece siempre en el discurso de la derecha, que pide más policía, penas más duras, bajar la edad de imputabilidad, etc. ¿En Brasil pasa lo mismo?
–Sí. Por ejemplo, a mí no me gusta la política de seguridad del gobernador Sergio Cabral, comenzando por la política de confrontación con los delincuentes. El verdadero problema son las armas y yo no veo a traficantes de armas presos. ¿Cómo llegan tantas armas a las favelas? Hay muchas armas en este país en manos de personas que no están habilitadas para tenerlas. Y la política de confrontación no es inteligente porque mata mucha gente inocente. Y también mata a muchos delincuentes; eso es la pena de muerte. Los delincuentes tienen que ser capturados, juzgados, condenados y recuperados.
–Lula intentó prohibir la venta de armas con un plebiscito y no lo consiguió. ¿Por qué?
–Primero, la “bancada de las armas” que hay en el Congreso no lo dejó. Y en el plebiscito, los que se oponían a la venta de armas pensaron que iban a ganar y no hicieron un trabajo fuerte y las personas que son financiadas por el tráfico de armas, que son corruptos, ganaron, con una política muy fuerte a través de los medios.
–En Ciudad de Dios usó algunas frases de libros que admira; hasta reprodujo textualmente una frase de Crimen y castigo, de Dostoievski. ¿Por qué?
–Cuando escribís, querés llegar cerca de los autores que te gustan. Leo mucho: Dostoievski, Machado de Assis, Guimarães Rosa y otros, y mi literatura está basada en mis lecturas. Hay libros que me influenciaron, ¿cómo no los iba a citar? No hay escritor sin lectura, nos basamos en lo que leemos.
–Un libro un poco antiguo que parece tener un diálogo con Ciudad de Dios es Capitanes de la arena, de Jorge Amado.
–Sí, porque los personajes son delincuentes: Pedro Bala, Volta Seca... allá, en Bahía. Hay una relación muy grande, pero Capitanes de la arena tiene una dirección muy política: Volta Seca termina siendo militante del Partido Comunista de Brasil. Yo no puse política en la novela, sino que me basé en la realidad y en lo que yo mismo había vivido.
–¿Eso no refleja un cambio en la sociedad, de una época en la que la violencia social tenía una salida política a otra en la que esa violencia sólo se canaliza a través de la criminalidad?
–No lo sé. Creo que no hay una gran diferencia, salvo que ahora la violencia creció. Los motivos son los mismos, pero hoy hay más personas involucradas, que no aguantan más tanta discriminación e injusticia social. Sin embargo, no creo que en aquella época esa violencia tuviera salida política. Nunca vi a ese tipo de delincuente transformarse en militante del Partido Comunista.
–¿Puede ser también que en Capitanes de la arena, la violencia y la criminalidad aparezcan reflejadas de una manera más ingenua?
–Había una visión más romántica entonces; hoy hay un rencor social muy grande. Las personas están con más rabia. Hay mucha hambre, mucha miseria, y poca gente con dinero, pero con mucho dinero. La historia de aquel libro pasa en los años 40. Yo lo leí cuando era chico y después lo releí más adelante y me gustó mucho. La temática es la misma: son casi todos negros, menos Pedro Bala.
–Usted escribió el guión de “Quase dois irmãos”, que narra la convivencia en la prisión de Ilha Grande, durante la dictadura, de los presos políticos con los presos comunes y hace una crítica muy fuerte a la izquierda brasileña de aquella época, que parece no entender a los pobres. ¿Cree que ya los entendieron?
–No, todavía no. Lula es el único que entiende a los pobres, pero la izquierda todavía no sabe lidiar con eso. El movimiento de raperos, por ejemplo, la gente del hip hop de San Pablo, no acepta a la izquierda brasileña. Inclusive a quienes fueron presos, exiliados. Los pobres no se identifican con ellos.
–¿Cuánto influye el racismo?
–¡Es que ellos nunca se preocuparon por el racismo! Se preocupaban por la libertad de expresión, estaban contra la dictadura, pero no comprendían el fenómeno del racismo. La izquierda brasileña falló mucho en relación con los pobres. Es difícil decirlo, pero nunca se preocuparon con el racismo hasta que, después de la dictadura, en los ochenta, surgió el movimiento negro. Ahí comenzaron a entender. Los negros tuvieron que batallar solos. Apenas el PT se preocupó con eso, pero después de la dictadura.
–¿Llegaron tarde?
–¡No llegaron! Dentro del PT surgió el movimiento negro del partido, pero era el Partido de los Trabajadores. En cambio, el PC o el PCB ni se metían en el tema del racismo. Mano Brown, que es el mayor rapero brasileño, dice que él no se siente identificado con los artistas de izquierda.
–La elección de Obama, un presidente negro, en Estados Unidos, causó mucha conmoción. ¿Usted cree que eso podría pasar en Brasil?
–Yo creo que eso en Brasil ya había pasado. Lula no es negro pero es nordestino, mestizo de indio, no estudió en la universidad. En Brasil tenemos a Ronaldo que es gordo y a Lula que no tiene estudios. Imagine a Lula con estudios o a Ronaldo flaco. ¡Sería demasiado! ¡Lula sería presidente del mundo!
–¿Lula debería presentarse para un tercer período?
–Creo que no lo va a hacer, porque no es idiota. Eso no funciona en ningún lugar del mundo, que un gobernante se quede tantos años en el poder. Democracia es renovación. Todavía no sabemos lo que va a pasar con Dilma. Ella va a vencer el cáncer y eso quizás inclusive la ayude, será algo épico. Acabo de llegar de Belén, y una persona me dijo: “Yo no sé quién esa Dilma, pero si Lula pide que la votemos, yo la voto”. Lula está muy bien visto.
–La película Tropa de elite, de José Padilha, parece retomar la estética de Ciudad de Dios, pero fue muy criticada por un mensaje que parece justificar el abuso policial y la tortura. El director dijo que ese mensaje no es de la película, sino que refleja el pensamiento del protagonisa que es un policía del BOPE. ¿Usted qué opina?
–El problema no es el director ni el personaje sino el público que se identificó. El director reflejó lo que existe, basándose en un libro. Uno de los autores del libro, que colaboró en el guión, es una persona que vivió esa realidad; no es ficción. Entonces, lo que causó espanto es que gran parte de la población se identificó con ese personaje, y eso muestra que la sociedad brasileña es fascista. Si gran parte del público se identifica con un personaje fascista, la culpa no es del director de la película, que sólo mostró la realidad sin maquillaje. La realidad es la que es.
–Cuando usted estuvo en la Argentina para presentar la traducción de la novela, estuvo en la Isla Maciel, ¿cómo fue esa experiencia?
–Fue muy buena. Yo siempre participé de movimientos sociales, desde antes de ser famoso. Me gusta mucho eso. Fue muy lindo conocer la Isla Maciel y conversar con las personas de allá.
–¿Está escribiendo un nuevo libro?
–Estoy escribiendo el guión de Faroeste caboclo, que va a ser una película basada en una canción de nueve minutos de Renato Russo que se transformó en un himno para dos o tres generaciones de brasileños. Habla de un chico que nace en Bahía, su padre es asesinado por soldados, él viaja a Brasilia y acaba transformándose en delincuente. Se enamora de una mujer que lo traiciona con su rival y terminan yendo a un duelo final. Es una historia banal, del “lejano oeste”. Es mucho mejor en la canción que en el cine, pero esperamos poder pasar para la película la fuerza que tiene la canción. Creo que va a salir bien.
–¿No escribía una novela?
–Sí, estoy haciéndolo ahora. Paré un poco por el cine. Pero ahora que terminé el guión de Faroeste caboclo, vuelvo con todo a la literatura.
–Hay otra canción de Renato Russo, “Más de lo mismo”, en la que un joven de una favela que vende drogas se pregunta: “Cómo voy a crecer, si nada crece por aquí” ¿Cuáles son las posibilidades de los pibes que nacen en la favela de escapar de la violencia?
–La mayoría consigue escapar de la violencia, pero va para el mercado de mano de obra barata. No existe ascenso social. La cosa más difícil en Brasil es cambiar de clase social, y eso es triste. Acabamos en un determinismo histórico.


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