3/31/2007

Cómo falsificar ideas

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Baldomero y los desaparecidos

POR BRUNO BIMBI

La mentira tiene patas cortas, dicen. El intendente de Avellaneda, Baldomero Álvarez de Olivera, quiere parecer kirchnerista, y ha comprendido que no basta con llenar la ciudad de afiches con una foto suya al lado del presidente, firmados por la Municipalidad, es decir, pagados por los vecinos.

La gente tiene memoria y usa la cabeza para pensar, aunque algunos dirigentes crean que los votantes somos todos estúpidos. Los afiches con la foto de Baldomero al lado de Menem, o al lado de Duhalde, o al lado de Chiche, no son tan viejos como para que no nos acordemos. Es más, en las últimas elecciones todos y todas lo vimos a Baldomero en cada acto de campaña de la esposa del caudillo de Lomas de Zamora, vociferando contra el presidente y la senadora Cristina Fernández. En esa elección, el intendente y su candidata perdieron en la ciudad por más de veinte puntos de diferencia.

Algún asesor de imagen le debe haber dicho a Álvarez que no alcanzaba con una foto y dos nombres. La gente no es tan estúpida. Tampoco alcanzaba con pintar "Kirchner – Cacho" donde antes decía "Chiche – Cacho" y, tiempo atrás, "Menem – Cacho". Algún asesor le habrá sugerido pensar en el contenido…

—¿El contenido? —habrá preguntado el intendente, desorientado.

—Claro. Tenés que tratar de parecer kirchnerista en tu discurso, en tus convicciones, en tus ideas… Por ejemplo, con relación a los derechos humanos.

Entonces Álvarez, que nunca en su vida había hablado sobre derechos humanos, que en los noventa había estado de acuerdo con el indulto, que en la última campaña había asentido en el palco cada vez que la Chiche acusaba al gobierno de "reabrir heridas", "dividir a los argentinos" y "atacar a nuestras Fuerzas Armadas", habrá dicho:

—Ah, claro, los derechos humanos…

Y así fue —es una suposición, claro está— que salió a la calle un afiche del Partido Justicialista de Avellaneda para conmemorar el 24 de marzo.

Pero claro, para Baldomero toda esta cuestión de los derechos humanos es una novedad. Nunca se había preocupado por eso. De hecho, lo más probable es que la política de derechos humanos de Kirchner le caiga bastante mal. Y como no podía ser de otra manera, el afiche puso en evidencia que es difícil fingir que uno piensa lo que no piensa.

"30.000 peronistas", dice, en letras grandes, con una huella digital. Como si todos los desaparecidos hubiesen sido peronistas, o como si todos los desaparecidos que no eran peronistas no valiesen ser recordados. Y firma: "Partido Justicialista de Avellaneda".

A mi profesora de gramática portuguesa, en la facultad, le gusta mucho el verbo destrinchar, que según el diccionario Aurélio significa, en portugués, "desenredar, exponer con minucia, pormenorizar". Siempre que agarra un texto dice "agora, vamos destrinchar esse texto".
Vamos a hacerlo.

Al decir, desde la sigla del PJ, que los 30.000 desaparecidos eran peronistas, hay una doble apropiación. Por un lado, se apropian de los desaparecidos (incluso lo hacen, gráficamente, con la huella digital), se apropian del contenido simbólico que hoy tienen en la memoria de los argentinos, se apropian de su condición de mártires, de sus convicciones, de su decisión de pelear por un mundo mejor arriesgando la vida. Pero hay una segunda apropiación: desde esa sigla, asociada a una personería jurídica vaciada de contenido, gastada por el paso del tiempo, las claudicaciones, la traición, el cinismo, se apropian del peronismo. Y no de cualquier peronismo: del peronismo de aquellos desaparecidos que (muchos, pero no todos) eran peronistas.

Se apropian de un peronismo al que Álvarez no pertenece ni nunca perteneció. Un peronismo que le es extraño, ajeno, enemigo histórico.

"Ni yanquis ni marxistas, peronistas", coreaban los militantes y concejales del PJ de Avellaneda cuando ganaron la mayoría en el Concejo Deliberante, hace unos años. Ese no era el peronismo de los desaparecidos peronistas, era otro. Era el de los que se quedaron en la Plaza mientras el General echaba a los "imberbes", y no aquél del que habló el presidente en su discurso de asunción en 2003, recordando la jura de Héctor Cámpora.

Álvarez se quiere disfrazar de lo que no es, apropiándose de algo con lo que no tiene nada que ver. Y se le nota.

La mentira tiene patas cortas. Lástima que para ponerse en evidencia —y en ridículo— haya usado la memoria de militantes que dieron su vida para luchar por convicciones con las que él nunca estuvo de acuerdo.

Aunque sea por respeto, debería haber buscado una forma menos agraviante de ser cínico.

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