8/25/2005

Entrevista al padre José "Quito" Mariani


«No hay derecho a usar el prestigio de la Iglesia para oponerse al matrimonio homosexual»

El cura cordobés cuestiona la opinión de Benedicto XVI y se manifiesta a favor de la legalización de los matrimonios gay y la adopción conjunta. Dice que conoce a muchos sacerdotes que opinan igual, pero que el miedo a las sanciones «cierra muchas bocas y muchos pensamientos».


Por BRUNO BIMBI, especial para Veintitrés.
Producción: PABLO HERRERO GARISTO.


Cuando España debatía el matrimonio homosexual, la jerarquía católica convocó junto con el PP a una manifestación contra el proyecto. Si bien la convocatoria fue rechazada por muchas organizaciones eclesiales de base; decenas de obispos y curas marcharon por las calles de Madrid junto a políticos de la derecha franquista. Además, la Iglesia llamó a la desobediencia civil, pidiendo a los funcionarios católicos del Registro Civil que no cumplan con la ley.

¿Todos los sacerdotes católicos opinan igual?. El padre Eduardo de la Serna, de conocidas posiciones progresistas, respondió a la consulta de Veintitrés que prefería sólo hablar de los temas que conoce en profundidad porque tiene miedo de «ser de esos curas que hablan de todo como si de todo supieran». Sin embargo, aclaró que «no creo que nadie sea meritorio por ser hetero como no lo es por ser homo, sino que lo que nos hace buena gente es la pasión por la verdad, la justicia, la solidaridad».

Sabemos que no todas las iglesias cristianas piensan lo mismo. La Iglesia Anglicana ha llegado a consagrar un obispo gay, y en Buenos Aires, la Iglesia Cristiana Misionera tiene entre sus filas a Alejandro Soria, sacerdote y activista de la CHA. Tampoco son unánimes las interpretaciones de la Biblia: en el libro «Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad», el profesor de historia en la Universidad de Yale, John Boswell, cuestiona el discurso del Vaticano y revela datos históricos sorprendentes.

Sin embargo, hacia adentro de la Iglesia de Roma, pareciera ser que quienes piensan distinto no se animan a decirlo. Al menos eso pensábamos antes de hacer esta entrevista.

José «Quito» Mariani se ordenó sacerdote en 1951 luego de hacer el seminario en Córdoba, y estudió psicología y sociología en la UNC. Actualmente está a cargo de la parroquia Nuestra Señora del Valle, en Villa Belgrano. Luego de más de cincuenta años como cura, Mariani publicó el libro «Sin Tapujos», donde cuestiona el celibato, lo cual le valió una sanción del arzobispo Carlos Ñáñez, quien le ordenó no hablar con la prensa.

Mariani, que continúa ejerciendo el sacerdocio, apeló la sanción al máximo tribunal del Vaticano. En este diálogo con Veintitrés, sin temor a nuevas sanciones, rompe con su obligatorio silencio.

—¿Qué opina usted, como cura de la Iglesia Católica, acerca del matrimonio homosexual?

—Pienso que el debate debe abrirse hacia las soluciones que se están sugiriendo, para que aparezcan todos los elementos a tener en cuenta en una legislación sobre estos temas. Me duele pensar que la Iglesia hará nuevamente tanteos sobre su poder y convocatoria, como sucedió en España. Creo que en las autoridades responsables del bien común tienen que trabajar por hacer triunfar estas luchas en contra de la discriminación. La OMS declaró hace ya varios años que la homosexualidad es una tendencia minoritaria pero natural. No puede considerársela una enfermedad, como lo hace el Catecismo Católico, ni una desviación o “inversión”, ni mucho menos una prostitución como aparece en el modo vulgar de llamar a los varones homosexuales, ni una perversión.

—¿La interpretación oficial según la cual la Biblia condena la homosexualidad es correcta?

—La interpretación oficial de los textos bíblicos no es correcta para los biblistas serios. Hay una tradición que empieza desde muy antiguo en los Padres de la Iglesia (primeros siglos) influidos muy probablemente por la preocupación de suprimir degeneraciones que provenían del paganismo y habían sido el clima de los recién convertidos. Hay también algunas condenas realizadas por Concilios (el de Elvira en el siglo IV, que decretó por primera vez el celibato sacerdotal). Se habla muy poco del lesbianismo: la condena es para los varones. El horror del Antiguo Testamento proviene de considerarla una “abominación” (to´ebah) que designa una cosa repugnante por motivo religioso. El peligro y horror de Israel era el complicarse con la idolatría, practicando un rito propio de los paganos. No tenía sentido ético, como se pretende habitualmente. Lo definitivo para el Nuevo Testamento fue el episodio de Sodoma y Gomorra. El pecado de los sodomitas, de acuerdo a la interpretación general (fuera de contexto) fue el de la homosexualidad. Tanto que se la denominó “sodomía”. Pero los profetas calificaron el pecado de Sodoma de muchas maneras, nunca con algo referido a la sexualidad y mucho menos a la homosexualidad. Cristo, por su parte, alude al pecado de Sodoma, sin especificar de qué se trata. La lista de Pablo que abarca a los que no entrarán en el reino (I Cor, 6,9-10 y I Tim.1,9-10) no destaca de ningún modo la homosexualidad sino que es un catálogo de los vicios que manchaban la licenciosa sociedad pagana del siglo I. Es muy probable que el pecado de Sodoma, expresado en el acontecimiento de Lot, sea la falta de respeto a la hospitalidad, virtud por la que los judíos tenían excepcional aprecio. En Gén. 19,8, Lot llama expresamente cosa perversa a la injuria a sus invitados y quiere apaciguar a sus sitiadores entregándoles dos hijas vírgenes para que hicieran con ellas lo que quisieran. Un episodio parecido se narra en Jueces 19, y la perversidad consiste en violar la hospitalidad cuyo respeto es preferible a cualquier cosa para un judío que debe recordar siempre cuando Israel fue extranjero en Egipto.

—¿Qué opina de las interpretaciones de John Boswell?

—Conozco muy superficialmente su obra. Por lo que he leído, coincido con sus criterios y los de otros autores silenciados por una actitud de que las cosas se arreglan sin hablar de ellas.

—¿Considera que las parejas homosexuales deben tener los mismos derechos civiles que las parejas heterosexuales, incluyendo el matrimonio?

—Sí absolutamente. Si no se trata de algo antinatural, no hay argumentos válidos para negarles este derecho a la comunicación íntima que es necesaria a todo ser humano.

—¿Está de acuerdo conque se legalice la adopción de niños por parte de parejas del mismo sexo?

—Sería una valiente determinación, no puede retardarse. Todas las objeciones de ausencia de figura materna, de mal ejemplo, no resisten los argumentos psicológicos ni de la experiencia expresada por las estadísticas… ni el abandono de tantos niños.

—¿Cuál debe ser el rol de la Iglesia en el debate social sobre estos temas?

—Aún en el caso de que nunca se llegara dentro de la Iglesia a admitir las conclusiones de la ciencia y de la experiencia, creo que no hay derecho a usar el prestigio religioso y social para oponerse a leyes que establezcan pautas para todos los que no son católicos sumisos sin criterios propios suficientes, o no piensan observar las restricciones que hacia adentro de la Iglesia se quieran imponer.

—¿Hay sacerdotes y obispos con opiniones contrarias a las del papa Benedicto XVI que callan por miedo a ser sancionados?

—Lo conozco positivamente. El miedo, de modo particular en los más jóvenes, a las sanciones eclesiásticas descalificantes y excluyentes, cierra muchas bocas y muchos pensamientos. El pretexto es que no hay que exponerse públicamente a los manejos de la prensa y por eso hay que permanecer callados.

—¿Por qué la jerarquía de la Iglesia condena públicamente la homosexualidad pero a la vez oculta la existencia de muchos sacerdotes homosexuales que viven una doble vida?

—Todo el que se ensaña públicamente contra un vicio, lo hace para ocultar u ocultárselo a sí mismo. Es evidente que quienes son más firmes en sostener estas posiciones, muchas veces fueron descubiertos en las mismas andadas. Ocultar una realidad tan contraria a lo que se sostiene con palabras, es el único recurso para no perder el prestigio que dan el celibato, la virginidad y otras cosas parecidas. La actitud de Juan Pablo II y los Obispos norteamericanos ha sido meramente represiva y seguirá siendo así con Benedicto XVI.

—¿Qué opina lo sucedido en su provincia con una pareja de lesbianas que decidieron tener un hijo mediante la inseminación artificial?

—La Iglesia rechaza toda inseminación con el argumento de que no es natural. El concepto de natural queda disminuido a habitual, acostumbrado, cultural, etc. Porque un concepto profundo de ley natural implica un conocimiento inteligente y progresivo de los dispositivos de la naturaleza para acomodarlos al bien de la humanidad. Desde la cafiaspirina hasta el método de Ogino son fruto de esa observacón inteligente. Para quienes rechazan la inseminación, esa mujer, porque antes que lesbiana es mujer, ha obrado mal. En cuanto a que sean lesbianas, se aplica todo lo de mi reflexión anterior. Nuestra sociedad machista, con una cantidad de gente insegura de su identidad sexual, y culturalmente discriminante ha armado una muralla contra los que pensemos diferente. Aún así, a lo mejor llegamos a dar un poquito de luz.


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(RECUADRO)

«Se lo sirvieron en bandeja a Benedicto XVI, porque Maccarone no era un obispo simpático para el Vaticano»

La entrevista al padre Mariani había sido realizada antes de que saliera a la luz el caso que en estos días conmueve a la provincia de Santiago del Estero, tras la renuncia del obispo Juan Carlos Maccarone.

El obispo que sucedió a Gerardo Sueldo —misteriosamente fallecido en un «accidente» automovilístico que despertó muchas sospechas—, habría sido víctima de una operación política en su contra que culminó con su renuncia. Un hombre mayor de edad que tendría una relación amorosa con el religioso, lo habría filmado con una cámara oculta de alta tecnología manteniendo relaciones sexuales. Se sospecha que estarían involucrados en la operación personas vinculadas al empresario Néstor Ick y al ex caudillo provincial Carlos Juárez, declarados enemigos de Maccarone. El vídeo, por el que se habrían pagado varios miles de dólares al amante del obispo, habría llegado al Vaticano a instancias de un ex diplomático vinculado al menemismo, forzando la renuncia de Maccarone.
El ahora ex obispo de la provincia había sido un duro crítico del juarismo y uno de los principales aliados del ex interventor federal Pablo Lanusse. Además, estaba considerado uno de los referentes del ala «progresista» de la Iglesia.

Quisimos saber la opinión del padre Mariani sobre estos acontecimientos, para lo cual nos comunicamos nuevamente con él y éstas fueron sus respuestas a Veintitrés.

—De acuerdo al derecho canónico, ¿una relación homosexual como la que habría tenido Maccarone viola el celibato, o éste se refiere sólo a las relaciones entre un hombre y una mujer?

—Al celibato se ingresa por una promesa de castidad completa que abarca por lo tanto todas las actividades sexuales: masturbación, contactos hetero u homosexuales o cualquier otro. Mientras no se produzaca escándalo público y notorio la confesión borra la conciencia de estas transgresiones. Cuando se produce el escándalo el Código establece las sanciones.

—¿Qué opina acerca de la forma que actuó el obispo al reconocer la situación y presentar su renuncia? ¿a quién cree usted que beneficia y a quién perjudica lo sucedido?

—La actitud de Maccarone, que resulta como un blanqueo de su situación como homosexual y viola la promesa de castidad, al pedir perdón reconoce valiente y delicadamente su debilidad sin culpar a la estructura eclesiástica que con su clima represivo es ciertamente culpable parcial en estas situaciones. La perjudicada es la Iglesia misma porque pierde un aporte inigualable por la calidad de la persona, su riqueza intelectual, su currículum comprometido con la propuesta del Vaticano II, su apertura y profundidad teológica y catequística y su decidida denuncia de la corrupción en el poder. La rapidez con que es aceptada la renuncia no extraña porque no era un obispo simpático al Vaticano, estacionado en una posición restauracionista y antireformista. Se la presentaron como en bandeja a Benedicto XVI que aprovechó la oportunidad a pesar de su preocupación por el viaje a Colonia.